Capítulo 25. El peso de la verdad.
Fernando no dijo ni una sola palabra hasta que subió al auto. Luciano lo siguió en silencio, sabiendo que su amigo estaba al borde de un precipicio.
Apenas cerró la puerta del auto, Fernando golpeó el volante con ambas manos.
—¡Hija de puta! —rugió con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Me mintió! ¡Esa maldita me mintió durante tres años!
Luciano lo miró de reojo, pero no lo interrumpió.
Fernando respiraba agitado. Tenía los ojos rojos, no de llanto, sino de una rabia tan profunda que parecía qu