Sofía lo encontró unos metros más adelante, recostado contra la pared de un edificio. El humo del cigarrillo escapaba de entre sus dedos y se mezclaba con su respiración agitada. Cuando la vio llegar empujando el cochecito, su expresión se endureció. Sin decir una palabra, apagó el cigarro contra el muro y la miró fijamente.
—¿Con qué derecho crees que puedes meterte en mis asuntos? —dijo de repente, antes de que ella terminara de llegar en su dirección. Sus palabras eran frías, cargadas con un