Mundo ficciónIniciar sesiónApenas Isabella colocaba un gran bol de batidora sobre la estantería de hierro, el teléfono en el bolsillo de su delantal de tela vibró de golpe y sonó con fuerza.
Con el ceño fruncido, Isabella metió la mano en el bolsillo y vio el nombre de su hermana menor, Luisa, parpadeando en la pantalla. Deslizó el botón verde y se llevó el aparato al oído.
—Isabella... Papá... —La voz de Luisa al otro lado se escuchaba muy confusa, entrecortada, y se interrumpió de inmediato por un sollozo histérico y ahogado.
La sangre de Isabella se detuvo en seco en sus venas. Su corazón empezó a latir desbocado, y una mala premonición la envolvió por completo.
—¿Qué pasa con Papá, Luisa? ¡Habla claro, no te quedes solo llorando! —exclamó Isabella, con el tono de voz elevado por el pánico que la invadía.
—Papá... se lo han llevado a la comisaría, Isabella... —el llanto de Luisa se deshizo por completo, y su voz chilló aterrorizada—. Acusan a Papá de e****a.
Las rodillas de Isabella parecieron desprenderse de golpe. Todo el aire a su alrededor se desvaneció, y le costó mucho respirar.
—Dios mío... ¿cómo es posible? ¿A qué e****a te refieres? —preguntó ella con una voz ronca y casi inaudible. Se vio obligada a apoyarse en el borde de la mesa de la cocina para no desplomarse allí mismo.
—Hace unos meses, Papá les propuso a sus viejos amigos invertir en un gran proyecto —explicó Luisa, jadeando entre sollozos ahogados—. Resulta que su dinero desapareció sin dejar rastro, y el proyecto que prometió nunca existió en realidad. Se sienten engañados y denunciaron a Papá ante la policía esta misma noche.
Las fuerzas abandonaron por completo las piernas de Isabella. Su agarre en la mesa se soltó, y su cuerpo se deslizó hasta quedar sentada en el frío suelo de la cocina.
—Dios mío... —susurró despacio. Las lágrimas que había contenido hasta entonces brotaron con fuerza, mojando sus mejillas pálidas—. Papá... ¿por qué no aprendes nunca? ¿Por qué sigues cometiendo errores estúpidos que nos destruyen a todos? ¿Por qué...?
Se pasó las manos frías y temblorosas por el rostro con brusquedad, cerró los ojos con fuerza durante unos segundos, intentando calmar el mareo que le daba vueltas en la cabeza y reunir los últimos restos de cordura que le quedaban. En medio de aquel caos, la imagen de la reluciente tarjeta de presentación de Liam Reyes cruzó su mente de golpe, apretando aún más su pecho.
—Quédate en casa y cierra bien la puerta con llave, Luisa. No vayas a ningún lado —dijo Isabella, esforzándose por ocultar el temblor en su voz para sonar firme y tranquilizar a su hermana—. Iré de inmediato a la comisaría ahora mismo.
***
—¡Ahí está su hija! ¡Es ella!
Un grito agudo de un hombre en una esquina del vestíbulo de la comisaría atrajo al instante la atención de todos. Antes de que Isabella pudiera asimilar lo que ocurría, tres hombres corpulentos, con ropa desaliñada y rostros llenos de ira, se abalanzaron rápidamente sobre ella, bloqueándole el paso en medio del pasillo.
—¡Devuélvanos nuestro dinero! ¡Familia de ladrones! —gritó uno de ellos justo frente a su cara. El aliento pesado y el aire cargado de furia se hicieron insoportables.
Isabella se quedó clavada en el sitio. Un miedo inmenso recorrió su cuerpo desde la punta de los pies hasta la cabeza. Apretó con tanta fuerza la correa de su mochila que sus nudillos se pusieron blancos, usándola como escudo contra su propio temor.
—Perdonen a mi padre... Por favor, perdónenlo —dijo ella con voz temblorosa. Instintivamente levantó los brazos para cubrirse la cabeza y el rostro, convencida de que los puños de aquellos hombres caerían sobre ella en cualquier momento.
—¿¿Perdón?? ¿Cree que cientos de miles de euros se recuperan con su asqueroso perdón? —El hombre más alto dio un paso adelante y le señaló con el dedo con brusquedad, casi tocándole la frente. Las venas de su cuello se marcaron tensas por la rabia.
Isabella solo pudo agachar la cabeza profundamente y cerrar los ojos con fuerza, mientras recibía una lluvia de insultos. Su cuerpo temblaba violentamente, atrapada entre el miedo a la violencia física y la inmensa vergüenza de ser el centro de atención en un lugar público.
—¡¡Basta!! ¡Disolverse!
Un grito fuerte y tajante de un policía de complexión robusta rompió al instante aquella brutal multitud. Otros dos agentes se adelantaron de inmediato para empujar hacia atrás a los hombres fuera de sí.
—¿Es que no tienen cerebro? ¡¿Cómo se atreven a acorralar a una mujer dentro de una comisaría?! —gritó el policía indignado. Sin perder tiempo, tomó a Isabella del brazo y la guió rápidamente entre la gente, llevándola a una sala de trámites más tranquila.
Isabella se sentó en la silla de plástico que había allí, con la cabeza gacha mirando el suelo, intentando recuperar el aliento agitado.
—Gracias, oficial... —susurró con voz ronca.
El policía suspiró profundamente y dejó varios documentos sobre la mesa. —Siéntese primero. Trate de calmarse. ¿Viene a ver a su padre?
Isabella no pudo hablar. Solo asintió lentamente, retorciendo el borde del delantal de la pastelería que se había olvidado de quitar por el pánico.
—Hace un rato recibimos una denuncia por un gran alboroto en su casa —dijo el oficial con un tono más suave pero aún serio—. Por suerte, nuestra patrulla llegó rápido al lugar. Si hubiéramos tardado cinco minutos más, su padre quizás no habría sobrevivido. Esos hombres estaban fuera de sí y lo golpearon sin piedad en el patio de su casa.
El corazón de Isabella sintió como si hubiera sido golpeado por un objeto contundente.
—Entonces... ¿dónde está mi padre ahora, oficial? ¿Puedo verlo? —preguntó, levantando la mirada con los ojos ya rojos y llenos de lágrimas.
—Lo está atendiendo el equipo médico en la habitación de al lado. Tiene el rostro muy golpeado y se sospecha de una costilla fracturada. Los responsables de la agresión ya están detenidos en celdas separadas —explicó el policía—. Lo mejor es que vuelva a casa esta noche. Regrese mañana por la mañana cuando su estado sea más estable.
Isabella tragó saliva, que se sentía como un nudo en su garganta. Solo pudo asentir con resignación. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se puso de pie. Cada paso hacia la salida se le hizo pesadísimo. Se mordió con fuerza el labio inferior, conteniendo el llanto para no deshacerse en lágrimas en el frío pasillo de la comisaría.
—¿Qué debo hacer... Mamá... perdóname...?
Caminó tambaleándose hasta salir del vestíbulo. En cuanto sus pies tocaron la acera de cemento fuera del edificio, su resistencia se rompió por completo. Sus rodillas flaquearon y terminó arrodillada bajo la tenue luz de la calle.
El llanto que había contenido estalló sin control. Sus hombros se sacudieron violentamente. Una opresión inmensa llenó su pecho, causándole un dolor tan agudo que tuvo que golpearse el propio pecho varias veces con el puño cerrado y tembloroso.
A solo unos metros de donde Isabella lloraba desconsoladamente, un lujoso sedán negro estaba aparcado en silencio al borde de la oscura calzada.
En el interior del coche, en medio del silencio, Liam estaba recostado. Sus ojos afilados atravesaban los cristales ahumados, fijos en la figura encogida de Isabella en la acera.
—Esperemos un poco más. Seguro que no tardará en llamarme —dijo Liam con voz plana a su secretario, sin rastro de compasión al mirarla; en su mirada solo brillaba una ambición despiadada.







