—Señora, ¿le apetece una taza de té o café? —preguntó Antonia a Gracia al notar su impaciencia mientras esperaba a Maximilien.
—Ya he bebido demasiado té por hoy, gracias, Antonia.
—El señor podría tardar un poco. Le recomiendo que se recueste un rato —sugirió con una sonrisa cordial. Pero justo en ese instante, la puerta principal se abrió: era él.
Su expresión era dura, fría como el hielo. Gracia se puso de pie al verlo, sin darle tiempo siquiera de acomodarse. Caminó hacia él y le recibió