A pesar de que la cirugía había sido un éxito, los siguientes días fueron aterradores para Gracia.
Las horas se hicieron eternas. Desde la sala de espera, Gracia no apartaba la vista del cristal que separaba el pasillo de la unidad de cuidados intensivos. A través de este, podía distinguir la silueta de Maximilien, inmóvil en la cama, rodeado de máquinas que monitoreaban cada uno de sus signos vitales. Las luces tenues del lugar le daban un aspecto irreal, como si fuera parte de una pesadilla de