Pastelería.
Esa mañana, el matahari brillaba con fuerza sobre Ashford Falls. El cielo lucía un azul pulcro, sin una sola nube, y las aves cantaban con júbilo en las ramas de los árboles a la orilla del camino; la brisa matutina soplaba fresca, impregnada del aroma a tierra mojada tras la lluvia de la noche anterior. Los destellos dorados del alba se posaban sobre los viejos edificios de la periferia, proyectando alargadas sombras sobre el asfalto que aún permanecía húmedo.
La vida recobraba su curso norma