Nunca puedo pelear.

Tras saciar sus instintos, Dominic se apartó de Arabella con la respiración aún agitada.

​El sudor le perleaba la frente. La camisa blanca, antes impecable, estaba ahora desabrochada y arrugada en varios puntos. Caminó hacia el borde de la cama donde Arabella yacía tendida.

​Dominic se puso de cuclillas frente a ella.

Su rostro quedó a la misma altura que el de Arabella. Sus ojos oscuros recorrieron aquel semblante pálido, los labios que ella mordía con tal fuerza que casi sangraban, y el cuell
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