Vamos a cenar

El sol apenas asomaba por el horizonte oriental cuando Arabella despertó de un sueño que no tuvo nada de reparador, pues se había quedado dormida tras agotarse de tanto llorar.

​Su cuerpo aún le dolía. La mano herida por los cristales de la noche anterior le escocía; el vendaje usado que había vuelto a ponerse estaba flojo y ligeramente humedecido por la sangre que aún se filtraba.

​Se sentó en el sofá, frotándose los ojos hinchados, dan contempló la sala que permanecía en silencio. Christian n
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