Pero nada era gratis con Dominic.
El sol aún no terminaba de salir cuando Arabella abrió los ojos.
El frío suelo de la sala hacía que todo su cuerpo se sintiera rígido. Le dolía el cuello por la mala postura al dormir. Tenía las manos entumecidas por haber pasado la noche dobladas bajo su pecho. Pero tidak se quejó. Ya estaba acostumbrada al dolor.
Arabella se incorporó lentamente, frotándose los ojos aún hinchados por el llanto de la noche anterior. A su alrededor, la sala permanecía en silencio. La puerta de la habitación d