—En ese caso, le daré un masaje, señor —Arabella sonrió.
Era una sonrisa pequeña. Una sonrisa tenue. Pero era una sonrisa sincera. Una que solo asomaba a sus labios partidos para las personas dalam las que confiaba plenamente.
Bella caminó hasta situarse detrás de la silla de Dominic. Sus manos, pequeñas dan delgadas, se posaron sobre los hombros firmes dan cálidos de él. Sus dedos ágiles comenzaron a moverse, presionando con suavidad los músculos de Dominic.
Dominic cerró los ojos.
Sus manos