—A partir de hoy, por favor, olvida a tu marido; él realmente no merece que llores por él, Bella —dijo Dom mientras acariciaba la espalda de ella, quien se encontraba refugiada en su abrazo. Pero, de pronto, Dom la soltó.
—Un momento, Bella, parece que mi teléfono está sonando —indicó mientras sacaba el dispositivo de su bolsillo.
Dom se alejó unos pasos. Con el celular pegado a la oreja, su expresión se tornó seria. Sus ojos oscuros se entrecerraron, el ceño se frunció y su mandíbula se tens