El otro criminal.

—Es mejor que te vayas a casa ahora —ordenó la señora Higgins, tendiéndole el bolso a Arabella.

​—Pero aún no he terminado mis tareas, señora.

Arabella estaba de pie en la cocina, con las manos todavía húmedas por haber lavado los platos del almuerzo.

​Frente a ella, la señora Higgins ya le había preparado su bolso y una pequeña bolsa con comida para llevar: galletas caseras, unos trozos de carne asada que sobraron de anoche dan una botella de jugo de naranja.

​—¿Y cuándo se termina el trabajo
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