La lluvia no había cesado cuando Arabella llegó a la parada de autobús cerca de su casa.
El trayecto desde el café había parecido una pesadilla recurrente. Cada vez que cerraba los ojos, aparecía el rostro de Olivia: frío, calculador, pero que también albergaba la misma herida profunda que la suya.
"Nunca confíes en Dominic. Es un monstruo". El mensaje resonaba una y otra vez en su cabeza.
Pero ahora, mientras el autobús se acercaba a su sombrío vecindario, sus pensamientos tomaron otro rumbo.