La noche cayó sobre el monasterio como una piel negra.
Denzel preparó una habitación para Luna en una celda antigua que había sido convertida en refugio. Había una cama estrecha, mantas pesadas, una chimenea encendida y una ventana desde la que se veía el mar golpeando los acantilados muy abajo.
Andrey no se apartó de ella ni un segundo, ni siquiera cuando Eirik pidió hablar con él a solas.
—No —respondió Andrey.
Una sola palabra final y Eirik no insistió.
Luna permanecía sentada frente al fueg