CAPÍTULO 69

Noruega los recibió con un frío que parecía tener dientes.

Luna bajó del vehículo envuelta en un abrigo grueso, sintiendo cómo el aire helado le mordía las mejillas. Frente a ellos, el monasterio se levantaba sobre el acantilado como una reliquia olvidada por Dios y por cualquier criatura con sentido común.

Era de piedra oscura, cubierto por nieve y musgo congelado. No había luces en las ventanas, ni guardias, ni había señal de vida.

Pero el bebé se movió y Luna apretó la mano de Andrey.

—Está
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