Noruega los recibió con un frío que parecía tener dientes.
Luna bajó del vehículo envuelta en un abrigo grueso, sintiendo cómo el aire helado le mordía las mejillas. Frente a ellos, el monasterio se levantaba sobre el acantilado como una reliquia olvidada por Dios y por cualquier criatura con sentido común.
Era de piedra oscura, cubierto por nieve y musgo congelado. No había luces en las ventanas, ni guardias, ni había señal de vida.
Pero el bebé se movió y Luna apretó la mano de Andrey.
—Está