El avión privado cruzó las nubes con un silencio que no era paz.
Andrey permanecía junto a la ventanilla, con Luna dormida a pocos pasos de él, envuelta en una manta gris que Denzel le había dado antes de despegar. La observó sin moverse, midiendo cada respiración, cada pequeño cambio en su temperatura, cada variación mínima del pulso que latía bajo su vientre.
Había pasado siglos escuchando el mundo.
El crujido de la madera antes de romperse. La sangre avanzando por venas humanas. Los insectos