El amanecer llegó sin pedir permiso.
No hubo pájaros, ni luz cálida entrando por las cortinas, ni esa sensación suave que a veces tenía la mañana cuando el cuerpo lograba descansar. Solo una claridad pálida, casi enferma, filtrándose entre las ventanas altas de la casa mientras Luna permanecía despierta, sentada al borde de la cama, con una mano sobre el vientre y la otra apretando la sábana.
No había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos, veía lo mismo: el rostro de Alex deformado por una osc