CAPÍTULO 47
El chirrido agudo de las ruedas de la camilla resonaba por los pasillos blancos del hospital y Andrey, con el rostro endurecido por la rabia y la culpa, caminaba junto a los paramédicos que trasladaban a Luna inconsciente. Su cuerpo estaba cubierto por una manta, pero se notaban los vendajes improvisados en el brazo y la pierna y la sangre aún manchaba su piel pálida.
Entonces una enfermera se acercó con rapidez.
—¿Es usted un familiar directo?
Andrey alzó la mirada y sus ojos grise