Luna estaba entre sorprendida y conmocionada, pero nada la haría irse de allí, no ahora, y no con un hombre… como él.
Ahora mismo no había guerra, no había cazadores, y no había enemigos.
Por otro lado, Andrey respiraba con dificultad. Sus ojos brillaban con una oscuridad apremiante, algo sagrado y maldito a la vez, y ella lo miraba totalmente embelesada como si fuese un hechizo.
Y de pronto, su pecho estuvo a punto de estallar, porque Andrey comenzó a acariciarle el dorso con los dedos, como