La vida se me había terminado.
Ya no sentía nada.
Mi pecho se sentía vacío, hueco, como si me hubieran arrancado el alma junto con mi hijo. Todo a mi alrededor parecía distante, borroso, inútil. Era como estar encerrada dentro de un cascarón roto del que no quería salir jamás.
—Tienes que comer —murmuró Emanuel, acercando una cuchara a mis labios.
El olor de la sopa me revolvió el estómago.
—Me quiero morir… —susurré apartando la cara.
Mi voz ni siquiera parecía mía.
Me acurruqué más sobre la c