Gracias a Dios, los golpes no me dejaron nada grave. El cuerpo dolía, sí, pero no era eso lo que importaba. Era el pecho. Ese peso incómodo, constante, como si algo se hubiera roto en un lugar donde no se puede vendar.
Pensar que él lo había ordenado no me sorprendía… pero igual dolía. Tal vez porque, en el fondo, había esperado otra cosa. No algo bueno, no algo noble… solo algo menos bajo.
Pero no.
Yo fui la que se equivocó. La que creyó que podía acercarse sin salir marcada. La que pensó que