La casa apareció al final de la calle.
Oscura.
Silenciosa.
Maldita.
Apreté la mandíbula mientras observaba las luces encendidas detrás de las cortinas.
Mi hijo estaba ahí.
Después de horas de búsqueda.
Después de llamadas.
Después de amenazas.
Después de escuchar a Isabela reírse mientras mi hijo lloraba al otro lado del teléfono.
Finalmente sabía dónde estaba.
Y esta vez no iba a escapar.
—La casa está rodeada, señor —informó uno de mis hombres mientras se acercaba al vehículo.
Asentí sin apar