No dejaba de caminar.
De un lado a otro.
De un lado a otro.
De un lado a otro.
Mis pasos resonaban sobre el suelo de madera mientras intentaba ordenar mis pensamientos.
Pero no podía.
Cada vez que creía haber encontrado algo de calma, el llanto del bebé volvía a atravesarme la cabeza como una cuchilla.
—¡Cállate!
Mi grito retumbó por toda la habitación.
El niño siguió llorando.
Ni siquiera pareció escucharme.
Apreté los dientes.
Sentía la cabeza demasiado llena.
Demasiados pensamie