Una esposa de nombre y nada más.
Al alzar su mirada y encontrarse con la de él, todo fue un silencio sepulcral para ambos.
Rosie sintió cómo el calor le subía desde el pecho hasta las mejillas, un rubor traicionero que no podía controlar. Anoche había sido un torbellino: pasión desbordada, gemidos que escapaban sin permiso, manos que la reclamaban como si fueran dueñas de cada centímetro de su piel. Se había dejado llevar, había cedido a ese fuego que ardía entre ellos a pesar del odio, a pesar de todo. Y ahora, viéndolo allí