Negro corazón de acero.
Maximus giró la cabeza hacia ella, sintiendo el calor de su mano a través de la tela. Por un segundo, el mundo se detuvo: el agarre de Rosie era como un ancla en medio de la tormenta, despertando algo en su interior que no esperaba. Una calidez extraña, un cosquilleo que ignoró de inmediato, atribuyéndolo a la adrenalina. Sacudió el brazo ligeramente, pero no se soltó del todo; en cambio, usó esa interrupción para recomponerse.
—Héctor —ordenó Maximus con voz ronca, sin apartar la vista de Do