—No te atrevas a quitarte ese anillo, Rosie Harper —sentencia Máximus. Su voz es una advertencia cargada de una autoridad que ya no surte efecto en ella.
—No hay nada más que tenga que hacer a tu lado, porque me ha quedado todo claro —responde ella con una frialdad que lo sorprende.
Ella camina con pasos lentos, pero firmes hacia el escritorio y, con un movimiento que a Máximus le parece una puñalada, deja el anillo sobre la madera pulida. Livingston siente una presión insoportable en su pecho