Al otro lado de la línea, Atlas guarda silencio por un segundo. Se encuentra en el aeropuerto, observando a través de los grandes ventanales de la terminal internacional.
—Señor Livingston... —la voz de Atlas suena pesada— la señora se ha ido.
Máximus siente que el corazón se le detiene. Sus dedos se aprietan en el volante hasta que sus nudillos palidecen. El mundo parece entrar en cámara lenta.
—¿Cómo que se ha ido? —pregunta Máximus, con un susurro quebrado—. ¡Dime que no ha despegado!
—Se ha