XIMENA
Ángelo me saca alzada en su hombro como un costal de papas. Mientras pataleo y grito como loca, sin importar que muestro mis pequeños pantis, le grito a mis guardaespaldas que me auxilien, y al parecer están atorados con un pedazo de morcilla, pues se quedan inmóviles mirando al piso.
—Suéltame Ángelo, no seas atrevido—, le exijo cuando me baja para tratar de subirme de un empujón a su carro.
—Por favor, compórtate, ya me has avergonzado lo suficiente esta noche—; me murmura apretando su