XIMENA
—¿Saber qué?— Lo dilato, imaginándome lo peor, aunque con la esperanza de que sea otra cosa o una broma.
—Hablemos sin rodeos, por favor, Ximena—; Ángelo me dice levantando la voz. —Ya dejemos la bobada.
—Pues habla—, le digo secamente, acomodándome el liguero que me aprieta.
—¿Hace cuánto sabías que eras mi esposa ficticia?, mi esposa de mentiras—, siento estremecer el piso, es como si el estómago me lo arrancaran hacia las piernas y como si vomitara un golpe de dolor, incluso una jaque