A kilómetros de allí, en los jardines de la Villa Lombardi, el atardecer pintaba el cielo con tonos anaranjados y morados. Salvatore caminaba por el césped, sintiendo la ausencia de Alessa y Gabriella como un vacío físico que le pesaba en el pecho. El suave aroma de los jazmines impregnaba el aire.
Desde la terraza, Gabriele observaba en silencio. Su pequeña figura se recortaba contra la luz crepuscular, inmóvil, como si el viento no se atreviera a tocarlo.
—Ven —dijo Salvatore, alzando la mira