Tras observar a Gabrielle durante unos segundos, Salvatore y Alessandra bajaron los escalones de piedra hacia el área donde Antonio solía pasar sus tardes.
Allí estaba Gabrielle. A su corta edad, el niño no estaba jugando con soldados de plástico ni corriendo sin sentido. Estaba sentado frente a una mesa de mármol con su abuelo, rodeados de mapas antiguos y libros de lomo grueso. Alessandra se detuvo a unos pasos, haciendo un gesto a Salvatore.
—No, abuelo —decía la voz clara y firme de Gabriel