La noche había caído sobre Chianti con una elegancia silenciosa. El jardín del hotel, iluminado por faroles de hierro forjado y velas suspendidas en esferas de cristal, parecía sacado de un sueño cuidadosamente diseñado. El aire era fresco, pero no hostil; el tipo de frío que exige abrigo sin apagar el deseo.
Noah ya estaba allí, sentado junto a Celeste en uno de los sillones de terciopelo gris. Ambos aprovechaban la ausencia de Beatrice, como si el mundo les perteneciera por unas horas. Cami