La mañana en la Mansión Moore era tranquila, casi demasiado. El sol apenas tocaba las hojas del rosal, y James estaba sentado en uno de los bancos del jardín, con la mirada perdida en el estanque. El café en su mano ya estaba frío.
Noah se acercó con paso lento, notando la expresión ausente de su hermano.
—¿Madrugaste? —preguntó, intentando sonar casual.
James no respondió de inmediato. Luego, sin mirarlo:
—¿Fuiste a ver a Jonathan?
Noah asintió, cruzando los brazos.
—Sí. Ayer por l