El jardín estaba en calma. Las hojas crujían suavemente bajo los pasos, y el sol filtrado por los árboles bañaba la mesa donde Isabelle desplegaba sus bocetos. Camille sostenía uno con delicadeza, mientras Lucie tomaba notas en su cuaderno.
—Este tiene algo perturbador —dijo Lucie, señalando una figura que se desdoblaba en tres sombras distintas—. Como si la identidad fuera una decisión, no una verdad.
Isabelle sonrió, con esa mezcla de orgullo y pudor que le provocaban sus propias ideas.