Azra caminaba de un lado a otro en su apartamento, con pasos rápidos y nerviosos. Sus manos temblaban ligeramente mientras se las frotaba entre sí. Respiraba con dificultad, como si estuviera atrapada dentro de sus propios pensamientos.
La puerta se abrió y Abram entró. Al cerrarla, se quedó observándola en silencio unos segundos antes de hablar.
—¿Otra vez nerviosa? —preguntó con tono cansado.
Azra lo miró con molestia.
—No estoy para tus reclamos, Abram.
—Está bien… —respondió él, sentándose