La sala de estar, decorada con un lujo que aún le resultaba ajeno a Azra, se había convertido en su propio purgatorio. Caminaba de un lado a otro con una ansiedad que le electrizaba la piel, sus tacones golpeando el mármol con una cadencia errática. Leyla, por el contrario, era una estatua de serenidad calculadora. Salió de la cocina sosteniendo dos tazas de café humeante, el aroma a grano tostado apenas lograba disimular la tensión que saturaba el aire.
—Hermana, por Dios, ya deja de dar tanta