La mañana en la mansión Seller no trajo el alivio del sol, sino la frialdad de una cuenta regresiva que llegaba a su fin. Zeynep ya estaba despierta; el insomnio se había convertido en su sombra personal. En el balcón, bajo una luz grisácea, jugaba con Evan, intentando memorizar cada hoyuelo de su risa, cada gesto de sus manos pequeñas, como si quisiera grabarlo en su alma antes de que el mundo decidiera que no le pertenecía.
Kerim despertó y se quedó unos segundos en el umbral del balcón, obse