El silencio en la terraza de la mansión Seller era tan denso que parecía tener peso físico. Baruk mantenía su mano sobre el hombro de Kerim, un gesto que pretendía ser de consuelo, pero que se sentía como una advertencia. La noche se estiraba, y con cada minuto que pasaba, la sombra de la desconfianza se hacía más larga.
—Solo espero que tu esposa regrese, Kerim —murmuró Baruk, rompiendo finalmente el hechizo de quietud—. No dejes que el orgullo sea lo último que ella recuerde de ti hoy.
Apenas