En la penumbra de su habitación, el segundero de su reloj de pulsera sonaba como martillazos en sus sienes. Las diez de la noche. Las once. Zeynep no aparecía. La cama, ancha y fría, era un recordatorio constante del vacío que ella dejaba, un vacío que Kerim odiaba admitir que sentía.
Salió de la habitación con el rostro endurecido por una máscara de furia contenida. Al bajar las escaleras, el sonido de sus pisadas resonó en el gran salón de mármol. Allí, sentado en su sillón habitual con una c