El rugido de los motores rompió la paz sepulcral de la entrada de la mansión. Los neumáticos chirriaron contra la grava, dejando una estela de humo y caucho quemado. Kerim saltó de su vehículo antes de que este terminara de detenerse por completo. Sus movimientos eran los de un depredador que finalmente ha acorralado a su presa.
—¡Kerim, espera! ¡Por favor, hablemos! —gritó Zeynep, bajando de su auto con el corazón en la garganta. Sus manos temblaban; sabía que la mecha ya estaba encendida y qu