La puerta de la suite de Abram se cerró con un estrépito sordo que pareció vibrar en los cimientos del hotel, pero el estallido exterior no era nada comparado con el vendaval de furia que se desató en el interior.
Zeynep no entró a la habitación; la invadió como una fuerza de la naturaleza. En cuanto cruzó el umbral, su racionalidad, esa que la había mantenido cuerda durante meses de mentiras en la mansión Seller, se hizo añicos. Sus manos, que momentos antes temblaban de miedo puro, ahora busc