Mundo ficciónIniciar sesión+*+*+*+
Abrí los ojos de golpe, desorientada por la luz grisácea que se filtraba por la ventana. El estómago me rugió con una violencia que me recordó que la noche anterior no probé ni un solo bocado del Shaslik que envió mi padre; le dejé absolutamente todo a ese ogro siberiano con tal de que no me destrozara la existencia. El pánico de que mi papá apareciera en cualquier momento con su llave inglesa me mantuvo despierta la mitad de la noche, pero el cansancio terminó venciéndome.
Estiré el brazo mecánicamente y agarré mi celular de la mesita de noche. Tenía que revisar los correos y los mensajes, porque cuando eres una diseñadora independiente que intenta levantar su propia marca, cada notificación puede significar el pago de la renta. Entre un montón de publicidad, un mensaje en negritas de la directora de la boutique de lujo Voshititielny me hizo saltar el pulso.
"Elena, necesito tu presencia de inmediato en la tienda central. Es urgente. Hubo cambios radicales de dueño y la nueva administración está revisando todo. Tu contrato sigue en pie porque les fascinó tu trabajo con Soblazn, pero exigen tu presencia física ya mismo para firmar el nuevo acuerdo bajo sus condiciones. Si no vienes, cancelan el proyecto."
—¡No, no, no puede ser! —grité, tirando las sábanas por los aires.
El corazón se me quiso salir del pecho. Salté de la cama como si el colchón estuviera en llamas. Corrí hacia el baño, me miré al espejo con horror y abrí el grifo.
—¡Olvídalo! ¡No hay tiempo para una ducha! —me recriminé a mí misma, pasándome un poco de agua fría por la cara para espantar el sueño.
Regresé a la habitación a toda velocidad, abrí las puertas del clóset de par en par y pasé las perchas con desesperación. Agarré lo primero que me pareció lo suficientemente elegante y rápido de poner: un vestido color café de tirantes finos que se ajustaba bien al cuerpo, ropa interior limpia y unos tacones altos a juego. Me quité los pantalones de ositos polares fumadores de pipa y la sudadera gigante en un solo movimiento y me calcé el vestido. Me pasé los dedos por el cabello para medio acomodar el desastre de mi moño, me apliqué desodorante y una cantidad casi industrial de perfume para disimular las prisas.
De pronto, me miré los labios pálidos.
—¡La boquita tufosa! ¡El maquillaje! —exclamé en voz alta.
Corrí de nuevo al baño, me enjuagué la boca, luego agarré un labial rojo que andaba suelto por ahí, me pinté la boca a mano alzada en dos segundos, guardé el tubo en el bolso y salí disparada hacia la sala.
Al abrir la puerta de mi cuarto, me detuve un instante esperando encontrarme con el gigante fastidioso. La sala estaba completamente sola. El sofá de terciopelo verde tenía las mantas perfectamente dobladas en una esquina, con una precisión casi militar que daba coraje.
—¿Dónde diablos se metió el ogro? —murmuré, escaneando el espacio vacío—. Bueno, mejor. No tengo tiempo para lidiar con su arrogancia.
Agarré mi cartera, metí el celular, las llaves del departamento y las del auto. Antes de cruzar el umbral, divisé la carpeta pesada con mis bocetos y los diseños originales sobre la mesa de la cocina. Di una media vuelta, la tomé contra mi pecho como si fuera un escudo y salí corriendo al pasillo, cerrando la puerta con un golpe seco.
Bajé las escaleras del edificio casi volando, subí a mi auto y arranqué el motor. Conduje por las calles de San Petersburgo desafiando cada límite de velocidad y rezando para que la policía no me detuviera. Afortunadamente, no demoré demasiado en llegar a la zona comercial de lujo. Estacioné el vehículo donde Dios me dio a entender y salí a toda prisa por la acera.
Mis pasos apresurados resonaban con fuerza en el pavimento. Estaba a unos metros de la entrada principal de la boutique cuando mi pie izquierdo pisó mal una grieta.
¡CRACK!
Un tirón violento me sacudió el tobillo. El suelo se me vino encima y casi me tropiezo de bruces contra el escaparate. Logré equilibrarme apoyando la mano libre en la pared, pero al levantar el pie izquierdo, el horror me congeló la sangre. El tacón de mi zapato se había desprendido por completo, dejando la suela totalmente plana de un lado.
—¡Diablos! ¡Maldita sea mi suerte! —bramé, mirando el trozo de plástico en el suelo.
Me agaché de golpe, arranqué el tacón roto que aún colgaba de un hilo, lo metí en mi bolso y decidí que no iba a dar marcha atrás. Cojeando de la forma más digna posible, empujé las puertas de cristal de la boutique y entré al vestíbulo. Caminé directo al ascensor, presioné el botón del cuarto piso y contuve el aliento mientras subía.
Las puertas metálicas se abrieron. Al salir, la secretaria de la dirección me vio avanzar hacia ella. Yo llevaba un zapato puesto y el otro prácticamente en la mano, intentando mantener el equilibrio.
—¡Señorita Sorókina! —exclamó la secretaria, abriendo mucho los ojos al ver mi facha—. ¿Qué le sucedió?
—¡Es una reunión muy importante y no iba a dejar que un pedazo de plástico me detuviera! —dije, tratando de sonar profesional mientras me apoyaba en su escritorio para volver a calzarme el zapato lisiado—. No importan los detalles, los accidentes pasan. ¡Vamos!
—Por supuesto, acompáñeme, la están esperando —respondió ella, conteniendo una sonrisa.
Comencé a caminar detrás de ella por el pasillo alfombrado. Mi forma de andar era un desastre cómico: daba un paso firme y elegante con el derecho y un pequeño salto hundido con el izquierdo. Intentaba enderezar la espalda, mover las caderas con la gracia de una diseñadora de modas de alto prestigio y sostener la carpeta de Soblazn con firmeza, pero la realidad era que parecía un pirata con pata de palo intentando desfilar en París.
Antes de llegar a la puerta doble de la sala principal, Sofía, la directora de la boutique, salió al encuentro. Al verme en ese estado, se llevó las manos a la boca.
—¡Oh, Elena, bienvenida! —se acercó a mí a toda prisa y me escudriñó de arriba abajo con una mezcla de lástima y horror—. Por los clavos de Cristo, ¿qué te pasó?
—Un pequeño accidente en la acera, Sofía —le aseguré entre dientes, tratando de recuperar el aire—. El tacón decidió suicidarse justo en la entrada. Pero estoy lista.
—Vamos, tranquila, respira profundo —me susurró, dándome unas palmaditas en el hombro—. El ambiente está muy tenso ahí dentro, pero tu trabajo habla por sí solo. Sígueme y déjame hablar a mí primero.
Sofía empujó las grandes puertas de madera y me guio hacia el interior de la lujosa sala de juntas de la boutique. El espacio era imponente: una mesa de cristal ahumado, sillones de piel y una enorme pantalla interactiva en la pared principal. Al mirar al frente, me di cuenta de que la pantalla estaba encendida. Mostraba mis diseños anteriores de la colección Soblazn, las métricas de impacto que causaban en el público, el crecimiento de mis redes sociales, las fotografías de mis conjuntos de encaje y los videos de las últimas pasarelas independientes donde mis prendas habían causado furor. Afortunadamente, solo mostraba mi trabajo y no mi imagen personal.
Intenté mirar a mi alrededor para identificar a los nuevos compradores, pero los nervios me nublaban la vista. Sentía el corazón latiendo en la garganta y mis pulmones se negaban a recibir suficiente oxígeno. Traté de aferrarme a la barra de la carpeta y busqué controlar mi respiración con desesperación, repitiéndome mentalmente que yo era una mujer de negocios independiente y empoderada.
Sofía dio un paso al frente, aclaró su voz con elegancia y captó la atención de los hombres que estaban sentados de espaldas a nosotras, concentrados en unos documentos.
—Caballeros, lamento la demora —anunció Sofía con un tono sumamente respetuoso—. Quiero presentarles formalmente a la mente maestra detrás de todo el éxito que ven en la pantalla. Ella es nuestra diseñadora estrella, Elena Sorókina. Y Elena, permíteme presentarte a los nuevos dueños absolutos de la cadena: el señor Maksim Starkov y su hermano, el señor Nikita Starkov.
En ese preciso instante, los dos hombres giraron sus altos sillones ejecutivos de piel para mirarme de frente.
El aire se escapó por completo de mi cuerpo. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies y que mi mundo entero se caía a mil pedazos. El color se me retiró del rostro y la carpeta con mis valiosos bocetos estuvo a punto de resbalar de mis manos flojas.
¿El ogro?







