Mundo ficciónIniciar sesión—Mi papá es... muy protector —logré decir, con la voz temblorosa por la cercanía—. Y odia a los hombres arrogantes. Deberías ponerte los calcetines de la abuela ahora mismo si quieres caerle bien.
Maksim se inclinó hacia mi oído, y su aliento cálido me rozó la piel, haciéndome temblar.
—No me interesan los calcetines de tu abuela, vecina —susurró, con una voz cargada de una promesa ardiente—. Y si tu padre viene a enseñarme modales, tendrá que competir con las ganas que tengo de enseñarte a ti lo que pasa cuando despiertas al gigante de hielo.
El calor de su aliento me quemó la oreja y juro que mis osos polares fumadores de pipa casi se derritieron en mis pantalones. Maksim no se movió ni un milímetro. Mantuvo su cuerpo rozando el mío, atrapándome contra el mármol frío de la barra de la cocina, y por un segundo olvidé por completo que un gigante siberiano con una llave inglesa conducía a toda velocidad hacia nosotros.
—Starkov, hablo en serio —conseguí articular, aunque mi voz sonó más como un ruego ahogado que como una advertencia—. Mi padre fue mecánico de tanques en el ejército. Su idea de una conversación civilizada incluye verificar la resistencia de tu mandíbula. ¡Quítate!
—¿Y perderme el espectáculo? —preguntó él, bajando la mirada hacia mis labios con una lentitud tortuosa—. No me asustan los mecánicos, Sorókina. Me asusta más tu gusto musical. Pero si tu padre viene a defender tu honor, deberías darle una razón real.
—¡¿Una razón real?! ¡Me inundaste el pasillo, destruí tu techo y estás en mi cocina medio desvestido! —exclamé, empujando su pecho con ambas manos. Fue como intentar mover el palacio de Peterhof—. ¡Eso ya es suficiente drama para una dinastía rusa entera! ¡Abotónate la camisa!
Maksim atrapó mis muñecas con una sola de sus manos, sin apretar, pero con una firmeza que me congeló la sangre y me encendió la piel al mismo tiempo. Me miró desde arriba, con esos ojos azul grisáceo brillando en la penumbra de la cocina.
—Me abotonaré cuando dejes de temblar como una hoja, vecina —dictaminó él, arrastrando las palabras con una seguridad exasperante—. ¿Te causo terror o es que nunca tuviste a un hombre de verdad tan cerca en tu taller de costura?
—¡Es indignación! ¡Pura e implacable indignación creativa! —le grité, intentando zafar mis manos, aunque en el fondo mi cuerpo protestaba por querer alejarse—. En mi taller manejo telas finas, Starkov. Seda, encaje, satén... cosas suaves. No trozos de granito arrogante como tú.
—La seda se rompe fácil, Elena —susurró él, soltando mis muñecas para delinear con su dedo índice el cuello alto de mi sudadera gigante—. El granito, en cambio, aguanta la presión. Deberías aprender a trabajar con materiales más duros.
—¡Eres imposible! —grité, agachándome por debajo de su brazo para escapar por fin de su trampa—. ¡Voy a limpiar la sala antes de que mi padre tire la puerta abajo! ¡Y tú vas a sentarte en el sofá verde y a pretender que eres un monje tibetano ciego y mudo!
—Los monjes no usan pantalones de sastre, Sorókina —me lanzó él desde la cocina, mientras yo ya corría hacia la sala, arrastrando mis calcetines peludos por la madera.
El reloj de la pared marcaba la una de la madrugada. Cuarenta minutos, había dicho mi padre. Conociendo su forma de conducir cuando estaba furioso, probablemente llegaría en treinta. Me lancé sobre la alfombra como si estuviera buscando minas antipersona. Agarré una caja de cartón, metí tres rollos de encaje elástico, dos cajas de alfileres y el catálogo de lencería de invierno donde una modelo posaba con un conjunto que no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
—¡A la caja, a la caja todo! —murmuraba, mientras gateaba a toda velocidad—. ¡Si papá ve este catálogo, le da un infarto y luego te usa de parachoques, Starkov!
—¿Por qué escondes tu trabajo?
Me volví de golpe, aún de rodillas. Él estaba de pie, contemplándome con los brazos cruzados. Se había abotonado dos botones más de la camisa, por desgracia para mis ojos, pero seguía descalzo.
—¡Porque mi papá cree que diseño vestidos de novia tradicionales! —confesé, tirando una cinta métrica amarilla dentro de la caja—. Si descubre que gano la vida diseñando prendas que se quitan con un solo dedo, purgará mi departamento con agua bendita. ¡Ayúdame a levantar a Anastasia!
—¿Quién es Anastasia? —preguntó él, arqueando una ceja.
—¡El maniquí que tiré detrás de la cortina! —señalé el bulto de plástico que sobresalía de la tela—. ¡Sácala de ahí y métela en mi habitación! ¡Rápido!
Maksim soltó un suspiro cargado de fastidio, pero caminó hacia la ventana. Apartó la cortina con desdén y tomó al maniquí por la cintura. Anastasia estaba completamente desnuda, salvo por unas medias de liga negras que yo estaba probando esa tarde.
—Tienes problemas serios de organización, Sorókina —comentó Maksim, cargando al maniquí de plástico bajo el brazo como si fuera un saco de patatas—. Tu amiga de plástico tiene mejor silueta que tú con esa ropa de oso siberiano.
—¡No te metas con mis osos polares! —le grité, tirando el último cojín al sofá—. ¡Y mete a Anastasia en el clóset de mi cuarto! ¡No la dejes sobre la cama!
Maksim desapareció por el pasillo de mi habitación cargando el maniquí. Aproveché esos segundos para pasarle un plumero imaginario a la mesa y acomodar las mantas en el sofá corto. El departamento ya no parecía una zona de guerra textil, sino la sala de una estudiante hiperactiva con un gusto obsesivo por el terciopelo verde.
El sonido de unos pasos pesados subiendo las escaleras del edificio me congeló el pulso.
¡PUM! ¡PUM! ¡PUM!
—¡Ya está aquí! —gimió mi subconsciente.
Me acomodé la sudadera gigante, verifiqué que el lápiz mantuviera mi moño en su sitio y caminé hacia la puerta con las piernas hechas gelatina. Detrás de mí, Maksim regresó de la habitación, apoyándose contra el marco de la puerta de la sala con una tranquilidad que me daba ganas de morderlo.
—¿Vas a abrir o vas a esperar a que el sargento de los tanques use su llave inglesa? —se burló él en voz baja.
—Cállate, Starkov —le siseé, abriendo la puerta de golpe—. ¡Papá, por favor, no rompas nada, yo...!
Me detuve en seco. En el pasillo iluminado por la luz parpadeante del edificio no estaba mi robusto padre de cincuenta y cuatro años. Había un chico joven, con una gorra de repartidor de comida rápida torcida, sosteniendo una enorme bolsa térmica que olía intensamente a ajo y carne asada.
—¿Elena Sorókina? —preguntó el chico, mirando un papel—. Traigo tres pedidos de Shaslik de cordero, patatas al horno con grasa de cerdo y dos botellas de kvas. Todo pagado.
Me quedé parpadeando, completamente descolocada.
—¿Shaslik? ¿Kvas? Yo no pedí comida —dije, mirando la bolsa.
—Lo pidió un hombre con voz de camión desde un teléfono —explicó el repartidor, encogiéndose de hombros—. Dijo que era para el departamento 4B. Que lo entregara ahora mismo porque su hija se estaba muriendo de hambre con un aristócrata estirado.
Detrás de mí, escuché una risita ahogada. Maksim se despegó del marco de la puerta y se acercó, sacando un billete de su bolsillo de sastre y entregándoselo al chico.
—Gracias. Quédate con el cambio —dijo Maksim, tomando la enorme bolsa de comida—. Tu cliente del camión tiene buen gusto para la carne, al menos.
El repartidor abrió los ojos al ver el billete, dio las gracias tres veces y bajó las escaleras saltando de dos en dos. Cerré la puerta y me volví hacia Maksim, que ya caminaba hacia la cocina con la bolsa de comida humeante.
—¡No entiendo nada! —exclamé, siguiéndolo—. Mi papá dijo que venía para acá. ¿Por qué demonios nos manda comida para un batallón a la una de la mañana?
Mi teléfono volvió a sonar en mi bolsillo, interrumpiendo mi confusión. Lo saqué de un tirón.
—¡¿Papá?! ¡¿Dónde estás?! —grité en cuanto contesté.
—¡Elenita! ¡Escúchame bien! —la voz de mi padre sonaba en medio de un ruido espantoso de motores y maldiciones en ruso—. ¡Esa maldita camioneta vieja se descompuso en la avenida Nevsky! ¡El radiador explotó como un volcán! ¡Estoy esperando a la grúa en medio de la tormenta de nieve!
—¡¿Qué?! ¡¿Estás bien, papá?! ¡¿No te pasó nada?!
—¡Estoy furioso, eso es lo que pasa! —bramó Dmitri Sorókin—. ¡Quería llegar a tu departamento para colgar a ese sujeto de los pulgares! Como no puedo ir, llamé al restaurante de mi amigo Yuri y te mandé comida de verdad. ¡No quiero que ese tipo te invite a sus cenas de lechuga y agua mineral! ¡Come bien, mi niña!
—Papá, de verdad no era necesario...
—¡Y dile a ese Starkov que si mañana cuando llegue la grúa descubro que no durmió en el suelo de la cocina con tres mantas, lo buscaré en su oficina de cristal y le desarmaré el coche pieza por pieza! ¡Tengo que colgar, ya llegó la grúa! ¡Te amo, Elenita!
¡Click!
La línea se quedó muerta. Miré a Maksim, que ya había sacado los recipientes de aluminio de la bolsa y los estaba colocando sobre la barra. El olor a carne asada al carbón inundó la cocina, haciéndome crujir el estómago de forma escandalosa.
—Parece que el oso siberiano se quedó sin garras por esta noche —comentó Maksim, mirándome con una sonrisa de lado que me revolvió todo por dentro—. Y parece que tengo órdenes de dormir en el suelo de la cocina. ¿Vas a ser una casera cruel, Elena, o me vas a dar un trozo de este cordero?
—Depende —dije, acercándome lentamente a la barra, atraída por el olor y por la forma en que su camisa se tensaba cuando se movía—. ¿Vas a seguir burlándote de mis osos polares?
—Los osos polares son tolerables si la diseñadora me da de comer —replicó él, tomando un tenedor de mi cajón con total familiaridad—. Siéntate, Sorókina. Tuviste una noche larga destruyendo mi vida. Necesitas recuperar energías.







