La había acusado de querer el puesto que tan generosamente le había ofrecido, pero de no querer estar junto a él, y tenía razón. T
enía miedo de aquel hombre.
Era demasiado varonil, demasiado vigoroso y fuerte.
Le provocaba pánico y no entendía por qué.
Cerró los ojos y le vino a la memoria una imagen de cuando tenía ocho años.
Acababa de abandonar la casa de Kate y Angus West, unos adorables padres adoptivos con los que había vivido desde muy pequeña. A Angus le habían diagnosticado cáncer de