Capítulo XL: Lo que falta
La lluvia no se detuvo en toda la madrugada. Permanecía golpeando los ventanales del hospital con una persistencia hipnótica, como si la ciudad entera hubiera quedado atrapada bajo un mismo recuerdo incapaz de extinguirse. Dentro de la habitación privada, la luz tenue de una lámpara lateral apenas alcanzaba a recortar la silueta de Mateo sentado junto al escritorio, todavía con la camisa arrugada y el cabello húmedo, mientras decenas de archivos digitales se acumulaban abiertos sobre la pantalla