Rodrigo había llevado a Daxia a una casa aislada, una propiedad que había alquilado días antes.
Ella seguía bajo los efectos del sedante y permanecía inmóvil sobre la cama.
Rodrigo estaba sentado frente a ella, observándola con una paciencia inquietante. Cruzó las piernas y sonrió con satisfacción. Había esperado demasiado tiempo por ese momento como para apresurarlo.
Una hora después, Daxia abrió lentamente los ojos. La cabeza le pesaba y la vista aún estaba borrosa. Tardó unos segundos en rec