Una semana después, la mansión Carlesik estaba envuelta en una felicidad que hacía mucho tiempo no se sentía.
Alejandro y Daxia ya habían llevado a sus gemelas a casa. Las pequeñas se habían convertido en el centro de atención de toda la familia. Cada rincón de la residencia estaba lleno de risas, regalos y diminutos accesorios para bebés.
Incluso Adrián, desde Londres, había hecho una videollamada para conocer a sus primeras sobrinas. Aunque la distancia le impedía abrazarlas, no pudo ocultar