Iker deseaba que las horas avanzaran con rapidez, pero aquella tarde parecía empeñada en torturarlo. Cada minuto transcurría con una lentitud desesperante.
En cuanto la reunión terminó, salió casi corriendo del edificio. Necesitaba aire, alejarse de todo.
—Iker, tu prometida te está esperando en el comedor.
Se detuvo en seco y soltó una risa incrédula.
—¿Qué? Yo no tengo prometida.
Intentó seguir caminando, convencido de que la persona se había equivocado.
—La señorita Sari está esperándote.
Al