Mientras Anastasia acariciaba la suave seda del vestido carmín, Thiago se metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una pequeña caja negra, completamente sellada. La deslizó sobre las sábanas con un gesto de complicidad absoluta.
—Y aquí está el plato fuerte, mi cielo —dijo Thiago en un susurro, guiñándole un ojo—. Un teléfono satelital de última generación, completamente encriptado. No lo rastrea ni la CIA, ni los rusos, ni el paranoico del Presidente.
Anastasia abrió los ojos de