El cuerpo de Delfina era una masa de dolor. Cada respiración le costaba la vida y sentía que el pómulo le iba a estallar. Se quedó tirada en el suelo, con los ojos cerrados, tratando de no perder el conocimiento. Fue en ese momento cuando el sonido de unos pasos ligeros y el tintineo de joyas finas anunciaron una presencia en la habitación.
Delfina abrió los ojos con dificultad. Frente a ella, vestida con un caftán de seda verde bordado en hilos de oro y cargada de diamantes, se encontraba Amir